Terapéutica

Los FAP constatan que el 70% de usuarios de benzodiacepinas busca dejar o bajar su dosis

Un proyecto piloto expuesto en el congreso de la Sefap demuestra que indagar en las preferencias de quienes llevan años con psicofármacos permite a los centros de salud retirar o reducir estas terapias en más de un tercio de los casos evaluados.

La intervención asistencial del farmacéutico de atención primaria (FAP) consolida nuevas oportunidades para atajar la prolongación innecesaria de tratamientos ansiolíticos e hipnóticos en el primer nivel asistencial. En el marco del 29º Congreso Nacional de la Sociedad Española de Farmacéuticos de Atención Primaria (Sefap), que reúne en Oviedo a cerca de 500 profesionales, se expusieron los resultados del estudio piloto Benzoproms, coordinado por las FAP de la Dirección Asistencial Noroeste (DANO) de Madrid. La investigación constata que alrededor del 70% de los pacientes que toman estos psicofármacos muestra predisposición favorable a dejar o reducir su consumo, lo que sitúa la consulta sistemática sobre sus preferencias como una herramienta de deshabituación en coordinación directa con el médico del centro de salud.

El punto de partida del trabajo responde a un problema de salud pública de notable magnitud en el sistema sanitario. España figura entre los países del mundo con mayor consumo de benzodiacepinas y otros hipnosedantes, con estimaciones que sitúan a más del siete por ciento de la población como consumidora diaria y registros de dispensación que rebasan las 110 dosis diarias por cada 1.000 habitantes. Pese a que los protocolos y guías clínicas fijan un límite temporal máximo de uso de cuatro semanas en el tratamiento del insomnio y de entre ocho y 12 semanas para la ansiedad debido a los riesgos para la salud física y mental, estos fármacos depresores del sistema nervioso central terminan cronificándose en los historiales clínicos durante años o décadas.

La cronificación de estas pautas farmacológicas obedece a múltiples dificultades organizativas y clínicas. Según explicó Carmen Herrero Domínguez-Berrueta, farmacéutica de atención primaria de la DANO, “la evidencia científica indica que las barreras a la desprescripción de benzodiacepinas incluyen tanto factores relacionados con el paciente como con los profesionales sanitarios o el sistema asistencial: percepción de que el tratamiento sigue siendo eficaz, miedo a la abstinencia o a la reaparición de los síntomas, falta de información, inercia terapéutica o dificultades para garantizar un seguimiento adecuado”. Frente a estas limitaciones habituales de la práctica asistencial, el estudio madrileño buscó conocer la postura explícita de los propios usuarios respecto a su medicación.

Pese a que las personas analizadas acumulaban una media superior a nueve años bajo estos tratamientos de forma continuada, el 70% comunicó su disposición a deshabituarse. A juicio de Herrero Domínguez-Berrueta, “lo más relevante es que estos resultados muestran que cuando se pregunta al paciente podemos encontrarnos con que sí existe predisposición por su parte para plantearse una deshabituación de estos medicamentos. Esto representa una oportunidad para promover una revisión individualizada de los tratamientos, escuchar las preferencias de cada persona y facilitar, cuando sea clínicamente adecuado, una deshabituación gradual y supervisada”.

Esta inclinación declarada por los pacientes no anula las dificultades técnicas y clínicas inherentes a la retirada de estos fármacos. La farmacéutica puntualizó que este porcentaje elevado no implica que la supresión “vaya a ser fácil”, dado que persisten condicionantes derivados de la dependencia, el temor a recaídas sintomáticas o fracasos en intentos previos. No obstante, la experiencia constató que explorar esa postura abre una ventana de diálogo asistencial indispensable para planificar un acompañamiento continuado.

Impacto clínico y desprescripción efectiva

La aplicación práctica de este abordaje generó cambios terapéuticos concretos a medio plazo. A los seis meses de plantear la pregunta sobre la disposición a la retirada, el proyecto Benzoproms registró la desprescripción completa en el 19,6% de los pacientes y la reducción de la dosis pautada en otro 15%. Así, más de uno de cada tres participantes consiguió avanzar hacia la disminución o retirada del tratamiento a partir del análisis inicial de su actitud. Ante estos datos, Herrero Domínguez-Berrueta remarcó que el método plantea una alternativa “que merece la pena seguir explorándose” al ser un procedimiento reproducible, sencillo y con potencial de integración rutinaria, ya que “explorar la percepción de si el paciente estaría dispuesto a la deshabituación de su benzodiacepina permite identificar oportunidades de intervención y adaptar el abordaje a sus preferencias y circunstancias”.

El control y adecuación de estos fármacos supone una línea asistencial prioritaria para los farmacéuticos de atención primaria. En la Comunidad de Madrid, los profesionales desarrollan desde hace años estrategias de uso racional del medicamento centradas en contener el consumo crónico de benzodiacepinas y fármacos Z. Su labor habitual incluye la revisión periódica de tratamientos, la monitorización de indicadores de prescripción, el soporte informativo a los profesionales médicos y la coordinación de intervenciones específicas. Con la puesta en marcha de Benzoproms, este colectivo potenció el contacto directo con el usuario mediante educación sanitaria y consejo farmacéutico para calibrar beneficios y riesgos asociados.

La valoración del estudio piloto sitúa al farmacéutico de primaria como una figura de enlace clave en los procesos asistenciales de desprescripción. Herrero Domínguez-Berrueta remarcó “el potencial del FAP como profesional facilitador de estrategias de deshabituación”, las cuales requieren siempre de una coordinación permanente con el médico de atención primaria para acordar las decisiones clínicas y planificar una retirada gradual y controlada. La especialista concluyó que la experiencia valida la viabilidad de un modelo de aproximación directa al paciente desde la farmacia de atención primaria y abre la puerta a estudios de mayor alcance que analicen con más profundidad la relación entre la actitud de partida del paciente y los resultados finales de retirada en el centro de salud.

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