Terapéutica

Semfyc llama a repensar la prescripción de psicofármacos en Atención Primaria

La Sociedad Española de Medicina de Familia y Comunitaria destaca que España destaca en el contexto de la OCDE en el incremento de este tipo de medicamentos

La Sociedad Española de Medicina de Familia y Comunitaria (Semfyc) ha lanzado un llamamiento, a través de un editorial de su Revista Clínica de Medicina de Familia, en el que alerta del incremento en el consumo de estos fármacos y plantea que en la actualidad, el reto no es solo retirar tratamientos ya instaurados, sino evitar iniciarlos innecesariamente. 

El texto expone cómo los psicofármacos —ansiolíticos, hipnóticos, antidepresivos, antipsicóticos, estabilizadores del ánimo o estimulantes para el TDAH— son herramientas fundamentales en el abordaje de muchos trastornos mentales. Además, en nuestro país la prescripción se concentra de forma muy marcada en dos grupos: las benzodiazepinas y los antidepresivos, que juntas representan cerca del 85 % del consumo total, según el Observatorio de Uso de Medicamentos. 

El editorial recuerda que el aumento del uso de psicofármacos es una tendencia compartida por la mayoría de países occidentales, tanto en personas adultas como jóvenes. No obstante, España destaca especialmente en el contexto de la OCDE, con cifras solo superadas por Islandia y Portugal y similares a las de Suecia

Las benzodiazepinas, descubiertas en los años sesenta y popularizadas de forma masiva en las décadas posteriores, crecieron de manera sostenida hasta 2014. Tras un periodo de estabilización, su consumo volvió a repuntar durante la pandemia de Covid-19, reflejando el impacto emocional de aquellos meses. Aunque desde 2022 se observa un descenso, su uso sigue siendo elevado, especialmente en personas mayores y en mujeres, y se asocia a factores sociales como menor renta, desempleo o vivir en municipios pequeños. 

En paralelo, los antidepresivos han seguido una trayectoria ascendente desde los años noventa, impulsados por la llegada de los inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina (ISRS), percibidos como más seguros y mejor tolerados. Desde 2022, su consumo en España ya supera al de las benzodiazepinas, una situación que se repite en la mayoría de los países europeos. 

Otros grupos, como los antipsicóticos o los antiepilépticos, mantienen un consumo menor, pero también creciente, en parte por la ampliación de sus indicaciones más allá de los trastornos para los que fueron inicialmente concebidos. En el caso del TDAH, el uso de psicoestimulantes sigue siendo limitado, aunque con una tendencia claramente al alza. 

Cuando el tratamiento se convierte en problema  

Uno de los ejes del editorial es la advertencia sobre los riesgos del uso prolongado de estos fármacos. En el caso de las benzodiazepinas, la evidencia sobre tolerancia, dependencia, caídas, fracturas, deterioro cognitivo, aumento del riesgo de demencia y mortalidad global las ha convertido en un problema de salud pública. 

Por ello, los autores insisten en que el reto no es solo retirar tratamientos ya instaurados, sino evitar iniciarlos innecesariamente. Prescribir a la menor dosis, durante el menor tiempo posible y ofreciendo información clara desde la primera receta es, según el editorial, una responsabilidad clínica ineludible. 

Con los antidepresivos, la preocupación se centra en su uso crónico. Aunque se presentaron como fármacos sin potencial adictivo, la dificultad para suspenderlos tras la mejoría clínica —lo que se denomina “síndrome de discontinuación”— obliga a ser más rigurosos en la indicación inicial y en la comunicación honesta de beneficios y riesgos.

El editorial también invita a revisar los marcos explicativos dominantes. La visión biologicista de la depresión, basada en el déficit de serotonina, ha contribuido a normalizar el diagnóstico y la prescripción. Sin embargo, revisiones recientes cuestionan la solidez científica de esta hipótesis y refuerzan la necesidad de integrar factores psicosociales, económicos y culturales en la comprensión y el abordaje del sufrimiento emocional. 

La comparación internacional resulta reveladora: países con contextos socioeconómicos similares muestran patrones de consumo muy distintos. Esta variabilidad sugiere que no solo influyen las guías clínicas, sino también la cultura, las expectativas sociales y la disponibilidad —o ausencia— de alternativas psicoterapéuticas y comunitarias. 

Igualmente, el texto señala que el dato más inquietante es que el incremento sostenido del consumo de psicofármacos no ha ido acompañado de una reducción de la prevalencia ni de la carga de los trastornos mentales. En España, los problemas de salud mental siguen ganando peso en la sociedad, a pesar de que nunca se han prescrito tantos fármacos como ahora. 

El editorial concluye con una llamada contundente a la reflexión: es urgente reevaluar el papel de los psicofármacos en la práctica clínica, apostar por una prescripción más prudente y avanzar en estrategias de deprescripción, sin perder de vista la necesidad de reforzar las intervenciones psicosociales desde Atención Primaria. 

En un contexto de creciente demanda asistencial, el desafío no es solo aliviar síntomas, sino evitar que la respuesta al malestar cotidiano se limite, casi por inercia, a una receta. Porque no todo sufrimiento se resuelve en la farmacia, y no toda solución pasa por el fármaco.

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