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La prestación farmacéutica es muy importante; tenemos que quedar para hablar, más y mejor

DIARIOFARMA  |    06.07.2022 - 12:34

Artículo de opinión de Juan José F. Polledo, Corporate Affairs director de Takeda España.

Juan José Polledo

Si el proceso enfermedad obedeciera a mecanismos exclusivamente físicos, las cosas serían muy diferentes porque muchas veces parece que sabemos más de cómo aparece, o se desvanece, una supernova que por qué una célula empieza a multiplicarse desordenadamente. Pero la realidad es que en la ‘enfermedad’ confluyen múltiples realidades biológicas de distinta naturaleza y grado de complejidad: el agente etiológico, la respuesta del organismo, la idiosincrasia del paciente, la de los profesionales sanitarios. Incluso los tomadores de decisiones gestor-administrativas son entidades biológicas superiores.

Y ya se sabe lo que ocurre con la biología: su gusto por las variables continuas, su tendencia a la multifactorialidad y su variabilidad temporal. Y otras muchas peculiaridades que la hacen apasionante y escurridiza.

Parecería que esas características se replicasen en algo que, a primera vista, no tiene nada que ver con la biología, como es la regulación, provisión y gestión de las políticas sanitarias. Incluida la de la prestación farmacéutica.

Cuando afirmaciones como “la salud no tiene precio”; “lo que no puede medirse no puede evaluarse”; “los recursos no son infinitos” o “la equidad es condición previa” son compatibles, es evidente que estamos ante un reto cualificado. Tomadas individualmente cada una de estar aseveraciones, prácticamente todos estaríamos de acuerdo con su literal. Sin embargo, consideradas las cuatro simultáneamente pueden parecer excluyentes. Y, no obstante, las cuatro aplican cuando nos referimos a la financiación de la atención sanitaria, tanto considerada en su conjunto como aisladamente cada uno de sus componentes (dotación de tecnología, salario de los profesionales, gasto farmacéutico, etc…).

De resolver este sudoku dependería el lograr un equilibrio consensuado en el que prácticamente todos los protagonistas se sintieran cómodos o, al menos, con capacidad para alcanzar sus objetivos imprescindibles.

Sin embargo, lo que son más frecuentes son las aproximaciones que argumentan a favor de alguna de esas afirmaciones y que, al hacerlo, diluyen las otras tres. Es la eterna sorda tensión entre el gestor, el financiador y el usuario, representado por su profesional sanitario. El desafiante triangulo pagador-prescriptor-gestor.

Hay ríos de tinta y kilómetros de bibliografía, impecable metodológicamente, que no resuelven el sudoku, a base de petrificar una de sus columnas o de sus filas, con alguna frecuencia con la inestimable ayuda de la aproximación ideológica, tan respetable como insuficiente por sí sola.

Sin embargo, son mucho más escasas las aproximaciones omnicompresivas en las que lo que se pretende no está prefijado, sino que aparece después de un recorrido ecuánime por el análisis de la realidad, las expectativas y los tiempos.

Descartada la posibilidad de generar un algoritmo que, alimentado por datos objetivos, nos rinda decisiones inapelables, esta es la inspiración de esta modesta reflexión: el convencimiento de que tenemos mucho ámbito de mejora en ese recorrido conjunto, al que podríamos denominar negociación. El convencimiento de que podemos hacerlo mejor en la forma en la que conversamos. En definitiva, que podemos tener más conversaciones de calidad.

Y cuando nos referimos a la prestación farmacéutica dentro de un Sistema Nacional de Salud que funciona como una agregación de servicios regionales, el desafío aún se complica más.

Nos enfrentamos a algo muy cercano a un monopsonio, en el que la parte de la demanda se articula a través de derecho administrativo y bajo unos principios de servicio público, jerarquía y de colaboración, mientras que la oferta se mueve en régimen de feroz competencia, estricta y exhaustivamente regulada en lo técnico y sometida al derecho mercantil, en lo empresarial.

Y la relación entre esas dos partes, tan asimétricas, debe rendir un resultado que, justamente, será medido milimétricamente por afectar a un bien tan esencial como es la salud.

Así que no queda más remedio que hacer un esfuerzo adicional para garantizar un dialogo de calidad entre ambas partes, sabiendo que cualquier dialogo tendrá que respetar las normas y no podrá interferir con ninguno de los principios intocables: la legalidad, la jerarquía de normas, la competencia, la protección de datos, etc.

Este es el principio optimista de esta reflexión: el de considerar que, sin renuncias previas, es posible mejorar la calidad de nuestras conversaciones y la apuesta por el que, haciéndolo, obtendríamos mejores resultados para todos. En todo caso, seguro que no peores.

Y, ¿qué es un proceso de ‘conversación de calidad’ en este ámbito?

Quizá sea más fácil si acordamos cómo no deber ser, cuáles son los sesgos que debemos evitar.

- No puede estar basada en la desconfianza. La asunción de la buena fe de la otra parte no es suficiente, pero es imprescindible. Y la confianza nace de la comprensión mutua que, a su vez, deriva del conocimiento cabal. Hay que conocer las razones de la otra parte. Aunque no se compartan. Y hay que aceptar su legitimidad, ya sea a la hora de entender que los recursos no son infinitos como a la de comprender que el riesgo económico merece una retribución.

- No se pueden tener conversaciones diferentes, con interlocutores distintos, sobre asuntos idénticos. Es verdad que nuestros SNS está descentralizado. Y es verdad que, en ocasiones, las líneas divisorias entre regulación general y gestión territorial son difusas. Pero habrá que organizar los ámbitos de negociación para que no se dupliquen o solapen. Porque cuando diferentes interlocutores discuten en diferentes mesas las mismas cosas, no puede esperarse demasiado del resultado final.

- No puede discutirse sobre bases asimétricas. Cuando eso ocurre, alguna de las partes se terminará sintiendo muy decepcionada. Así que las fuentes de datos y las técnicas de análisis habrán de ser lo más comunes posibles o, al menos, mutuamente conocidas. El “no estoy de acuerdo con lo que me propones porque según mis datos las bases de partida son diferentes así que hazme otra propuesta” sin revelar el origen de esa disparidad, no nos lleva a ningún lado.

  •  No podemos permitir que la sensación de alivio inmediato del corto plazo nos prive de la profundidad de los medios y largos plazos. Las decisiones en el ámbito farmacéutico construyen, o transforman, escenarios que después perdurarán suficiente tiempo como para que no se condicionen sólo por sus efectos inmediatos
  • No podemos tener conversaciones de calidad si no conocemos los criterios de cada parte. No hay que compartirlos o estar de acuerdo. Pero hay que conocerlos. ‘Cuanto menos mejor’, no es un criterio; ‘cuanto más alto mejor’, tampoco.
  • Para cuando termine la conversación, debe haber un procedimiento esperándonos. Conocido y minucioso. No podemos hablar sin conocer qué es lo que viene después.
  • No habrá calidad si la conversación se produce demasiado tarde. Porque, entonces, las expectativas ya estarán muy consolidadas y los márgenes de movimiento para consensuar serán mucho más estrechos. Los tiempos, aquí, son muy trascendentes.
  • Hablar mucho no es el desafío, lo es hablar con calidad. El desafío no es demostrar que nos hemos sentado; el desafío es demostrar que nos hemos esforzado.
  • El estado emocional de la tarea no debe ser el de quien trata de evitar un problema que se le ha venido encima sino el de quien busca encaje para poder aprovecharse al máximo de una solución que la ciencia nos brinda. No gestionamos amenazas. Gestionamos oportunidades. El convencimiento de que eso es así, limará muchas asperezas

Si evitamos todos los sesgos anteriores, seguramente sintamos vértigo. Unos, el derivado de la trasparencia y otros el de la máxima exigencia. No importa, nos acostumbraremos. Alrededor de la prestación farmacéutica, ampliamente considerada, hay suficiente talento como para poder afrontar esta situación.

¿Nos garantizamos así dar solución a todos nuestros problemas? Por supuesto que no, pero sí a algunos. Y las soluciones serán más sólidas, se consolidarán y nos mostrarán el camino para el futuro.

Hay pocas cosas tan maravillosas como los medicamentos. Incluso sin necesitarlos, cualquier persona puede ser consciente de ello.

Hay pocos ámbitos profesionales en los que se acumule tanto talento profesional como el que concurre alrededor del sanitario.

Hay pocas prioridades políticas tan sólidas y legitimadas como la de garantizar a los ciudadanos la mejor asistencia sanitaria posible. Y los medicamentos son un integrante vital de la misma.

Hay pocos sectores de actividad económica que estén tan íntimamente imbuidos de ciencia, conocimiento y riesgo empresarial como el farmacéutico y que tanta repercusión tengan en la calidad de vida de las personas.

Entonces, con todos esos ingredientes sobre la mesa ¿dónde nos hemos perdido para que no nos dotemos de un clima permanente de diálogo que minimice las tensiones sin necesidad de que nadie renuncie a sus legítimos objetivos? ¿Dónde está escrito que tengamos que acostumbrarnos a la frustración o a la tensión, declarada o implícita?

Hay espacio para que mejoremos la calidad de nuestra interlocución. Tanto individual como colectiva. Hay que aplicarse.


Juan José F. Polledo es Corporate Affairs director de Takeda España

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