El editorial de The Lancet destaca que el desarrollo de la edición genética ha alcanzado hitos transformadores en la medicina actual. Tras la aprobación de Casgevy (exa-cel) para la anemia de células falciformes y la beta-talasemia, la primera paciente tratada con esta terapia, Victoria Gray, describió el impacto de la enfermedad afirmando: “El dolor que sentía en mi cuerpo era como ser alcanzada por un rayo y golpeada por un tren de mercancías, todo a la vez”. Sin embargo, tras su intervención destacó que “ahora puedo volver a soñar sin limitaciones”. A este caso han seguido avances como la edición de células T frente a la leucemia y abordajes en células hepáticas para la amiloidosis por transtiretina o condiciones metabólicas. No obstante, la notificación de dos fallecimientos en ensayos experimentales ha obligado a revisar la bioseguridad del sector.
Las alertas han saltado tras confirmarse la muerte de dos menores en China. En el primer caso, hecho público en julio de 2026, una niña de seis años falleció en marzo de 2025 tras un intento de corrección de la variante del gen CHD3, causante del síndrome de Snijders Blok-Campeau. En agosto de 2026 se conoció un segundo deceso ocurrido un año antes en un menor tratado para editar el gen de la distrofina subyacente a la distrofia muscular de Duchenne. A pesar de que las investigaciones continúan, la publicación médica subraya que “es vital hacer balance, aprender y minimizar el riesgo”.
La primera conclusión se centra en que “la edición del genoma debe administrarse en el cuerpo del paciente a través de los sistemas más seguros posibles”. Las aplicaciones más duraderas se han logrado en tejidos accesibles, como las células hematopoyéticas editadas ex vivo o las células hepáticas in vivo mediante nanopartículas lipídicas. Por el contrario, la revista señala que “si se propone la edición genética en zonas corporales difíciles (como el cerebro) o requiere la edición de grandes volúmenes de tejido (como en el músculo), se requiere el máximo grado de precaución y gestión del riesgo”.
Para estos órganos extrahepáticos o para cruzar la barrera hematoencefálica, los virus adenoasociados (AAV) han sido el vector de elección, aunque presentan “peligros de efectos tóxicos, incluidas respuestas inmunitarias patológicas, cuando se utilizan a dosis altas”. Ambas muertes parecen haber sido consecuencia de esta toxicidad por AAV, un problema preexistente en la investigación contra la distrofia muscular de Duchenne. Por ello, se insiste en que “además de prestar meticulosa atención al detalle al caracterizar la fidelidad de la edición sobre la diana y minimizar la edición no deseada fuera de la diana en otros sitios genómicos en investigaciones preclínicas, se debería prestar mucha más atención a la seguridad de los vectores que entregan los sistemas de edición”.
Evaluación ética e idoneidad de la dosis
La segunda gran enseñanza apunta a que “aunque organismos como la OMS han desarrollado recomendaciones para la edición genética, los acontecimientos recientes señalan la necesidad de una regulación más estricta y aplicada universalmente”. La publicación plantea que cualquier nueva aplicación académica o comercial exija la aprobación previa de paneles de expertos formados por clínicos, científicos en edición genética, toxicólogos, inmunólogos, biólogos de vectores y eticistas.
Estos comités evaluadores deben responder a cuestiones fundamentales como: “¿Es la condición médica lo suficientemente debilitante como para que los daños de no tratar superen los riesgos de aplicar un enfoque de edición genética?”. Asimismo, deben analizar si “los estudios preclínicos en organismos modelo muestran suficiente eficacia terapéutica sin una toxicidad preocupante” y si “los sistemas de entrega se dosifican de manera responsable y son viables para alcanzar el tejido diana intencionado”. Cualquier autorización debe supeditarse a que “los acontecimientos adversos graves (incluidas las muertes) se divulguen de inmediato”.
El análisis concluye advirtiendo de que las pérdidas humanas deben impulsar una reflexión abierta en el sector sanitario. A este respecto, enfatiza que “precipitarse ahora podría, en última instancia, frenar el campo y privar a futuros pacientes de tratamientos eficaces”. El trabajo concluye asegurando que “la promesa de la edición genética terapéutica solo podrá realizarse con un compromiso renovado con la gestión del riesgo, la supervisión regulatoria, la transparencia y un espíritu de cooperación respetuosa entre investigadores, clínicos y los pacientes y sus familias”.



Lilisbeth Perestelo: