Terapéutica

Cambio climático y salud respiratoria: una amenaza creciente en España

El cambio climático es un determinante clave para la salud mundial. OMS y OPS advierten sobre sus graves efectos sanitarios, especialmente respiratorios.

El cambio climático se ha consolidado como un determinante sanitario de primer orden. La Organización Mundial de la Salud (OMS) lo identifica como “la mayor amenaza para la salud global del siglo XXI”, mientras que la Organización Panamericana de la Salud (OPS) insiste en que sus efectos se manifiestan simultáneamente en factores ambientales, sociales y biológicos. En España, esta relación ya es visible en indicadores epidemiológicos que muestran cómo las olas de calor y los episodios de frío extremo incrementan la mortalidad; la contaminación atmosférica agrava enfermedades crónicas; y la duración de la exposición a alérgenos se ha prolongado. En este sentido, clima y morbilidad respiratoria han comenzado a evolucionar de forma paralela.

La salud respiratoria, como determinante crítico de la salud poblacional, constituye uno de los ámbitos donde el impacto climático es más evidente Las enfermedades pulmonares crónicas, como el asma, la Enfermedad Pulmonar Obstructiva Crónica (EPOC), la fibrosis pulmonar y otros cuadros bronquiales, muestran una sensibilidad especialmente elevada a los cambios en temperatura, la calidad del aire y la exposición a partículas. De este modo, las alteraciones climáticas no solo redefinen patrones meteorológicos, sino que están modificando la carga de la enfermedad respiratoria en España.

El Ministerio de Sanidad monitoriza desde hace años el efecto del clima sobre la salud mediante dos instrumentos clave, como el Plan Nacional de Actuaciones Preventivas por Altas Temperaturas, el Plan Nacional de Actuaciones Preventivas por Bajas Temperaturas y el sistema de Monitorización de la Mortalidad Diaria (MoMo), gestionado por el Instituto de Salud Carlos III. Según MoMo, durante el verano de 2022 se atribuyeron 4.732 muertes al exceso de calor, cifra reconocida en el propio plan ministerial como uno de los máximos de la serie histórica reciente. El incremento afectó de manera particular a personas con enfermedades cardiovasculares y respiratorias.

El impacto ya no se limita a situaciones excepcionales, sino que se está convirtiendo en un patrón recurrente con efectos clínicos cada temporada. En los veranos de 2023 y 2024, aunque la mortalidad atribuible al calor fue inferior, el Ministerio mantuvo niveles de alerta por la intensificación climática. De hecho, los planes estatales establecen que los pacientes respiratorios figuran entre los grupos de “riesgo alto” ante episodios de calor extremo. En este sentido, cabe destacar que el Ministerio de Sanidad ha establecido un sistema de alertas por altas y bajas temperaturas que tiene en cuenta la adaptación de la población a las mismas en cada zona. De este modo, una misma temperatura puede generar alerta en una zona habitualmente fría si las temperaturas suben hasta un límite considerado normal en una zona más cálida y al revés.

El frío extremo también genera un exceso de mortalidad significativo. El Plan Nacional de Actuaciones Preventivas por Bajas Temperaturas 2024-2025 recoge que los períodos fríos pueden provocar un número de muertes comparable o incluso superior a las olas de calor, aunque distribuidas a lo largo del invierno. A este respecto, diversas series anteriores a la pandemia atribuían miles de fallecimientos anuales al frío en España, especialmente entre mayores y pacientes respiratorios. De este modo, aunque el calor genera picos abruptos, el frío actúa de manera más prolongada.

En ambos escenarios, la evidencia es consistente: las temperaturas extremas alteran la función respiratoria y aumentan la mortalidad cardiorrespiratoria, generando descompensaciones especialmente severas en pacientes con patologías pulmonares crónicas.

Contaminación y enfermedades respiratorias

Por otro lado, también es conocido que el clima interactúa con la calidad del aire, creando un escenario ambiental cada vez más complejo para la salud respiratoria. El portal Unosalud, especializado en divulgación científica sobre salud ambiental, advierte de que las partículas contaminantes penetran en los alvéolos pulmonares y desencadenan inflamación, broncoconstricción y mayor susceptibilidad a infecciones. De este modo, el cuerpo se ve obligado a desplegar una respuesta inmune persistente que empeora el estado basal de personas con patología crónica.

La literatura internacional coincide. Un análisis clínico del hospital Continental explica que la contaminación atmosférica incrementa la vulnerabilidad a enfermedades respiratorias y está asociada a mayor riesgo de exacerbaciones, neumonías y limitación funcional en personas con EPOC y asma. Esta fuente enfatiza que los efectos no son uniformes: influyen las condiciones meteorológicas, la humedad, la concentración de partículas y la exposición previa del paciente.

En España, episodios como la intrusión de polvo sahariano de marzo de 2022 o las olas de incendios forestales del verano de 2023 ilustran cómo el clima actúa sobre los niveles de contaminación, generando picos de irritación respiratoria y aumentando las consultas de urgencias relacionadas con dificultad respiratoria.

El paciente respiratorio, la cara más frágil del impacto climático

Entre todos los grupos vulnerables, el paciente respiratorio es el que sufre de manera más aguda los efectos del cambio climático. Tanto las asociaciones de pacientes como las sociedades científicas destacan que patologías como el asma o la EPOC presentan una sensibilidad extrema a cambios ambientales. La Alianza Médica contra el Cambio Climático (AMCC)en España subraya que el clima influye en la incidencia, prevalencia y gravedad de enfermedades respiratorias, mientras que la plataforma internacional AMCC Global alerta de que la contaminación atmosférica y el calentamiento global están multiplicando la exposición a sustancias irritantes y a condiciones meteorológicas hostiles.

La Enfermedad Pulmonar Obstructiva Crónica (EPOC) representa el caso más claro. Según la Organización Mundial de la Salud, más de 210 millones de personas conviven con EPOC actualmente. En España, esta patología crónica afecta a alrededor del 11,8% de la población adulta española, llegando al 16,8% en Galicia según el estudio epidemiológico EPISCAN II sobre prevalencia y determinantes de la EPOC en España. Además, cabe destacar que su infradiagnóstico alcanza el 75%, según datos ampliamente citados en foros sanitarios y estudios académicos. Este subdiagnóstico implica que miles de personas desconocen su condición hasta etapas avanzadas, lo que dificulta la prevención de exacerbaciones y la planificación terapéutica. Además, se estima que en España fallece una persona por EPOC cada veinte minutos.

Múltiples estudios confirman que el cambio climático acelera este proceso. Los picos de contaminación desencadenan crisis agudas; y el polvo en suspensión o el humo de incendios forestales precipitan descompensaciones severas. Así, un paciente con EPOC afronta múltiples factores ambientales actuando simultáneamente sobre un órgano ya dañado.

De este modo, la crisis climática no es una amenaza futura para los pacientes respiratorios: es una condición clínica presente que acelera la progresión de la enfermedad y que exige un abordaje sanitario integral.

El sector sanitario reconoce su papel

La conversación entre expertos demuestra que el sector sanitario está comenzando a incorporar la sostenibilidad como criterio clínico. En un coloquio organizado por Diariofarma con motivo de su décimo aniversario, Fiona Adshead, presidenta de la Sustainable Healthcare Coalition, subrayó que el sector salud es responsable de alrededor del 5% de las emisiones globales, lo que convierte la descarbonización sanitaria en un deber ético y clínico. Adshead recordó que la acción no puede depender de métricas perfectas, porque la evidencia es ya suficientemente sólida como para intervenir.

Por su parte, Héctor Tejero, responsable de Cambio Climático y Salud del Ministerio de Sanidad, enfatizó que la política sanitaria debe evitar la “parálisis por análisis” y adoptar medidas de adaptación y mitigación de forma preventiva. Ambos expertos coincidieron en que la sostenibilidad no es un complemento del sistema sanitario, sino una dimensión consustancial a la calidad asistencial.

La evidencia científica confirma que reducir la exposición ambiental tiene un impacto directo sobre la supervivencia de pacientes respiratorios. Según la OMS, cada reducción sostenida de PM2.5 comporta mejoras inmediatas en la función pulmonar y disminución de ingresos por asma y EPOC. La Guía de Calidad del Aire señala que los beneficios para la salud son proporcionales a cada descenso de concentración de partículas, especialmente en ciudades densamente pobladas.

En los últimos años se ha producido un debate creciente sobre el papel de los inhaladores en la huella climática del sector sanitario. Algunos dispositivos, especialmente los inhaladores presurizados tradicionales, tienen una huella de carbono superior a la de alternativas como los inhaladores de polvo seco. Esto ha hecho que desde Administraciones como desde la industria farmacéutica se haya planteado la necesidad de impulsar cambios en estos sistemas. Además, desde el Ministerio de Sanidad se anima a incorporar la variable ambiental en las decisiones terapéuticas cuando existan opciones equivalentes y adecuadas para cada paciente. El objetivo es mantener los beneficios del paciente en un entorno cada vez más descarbonizado.

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