España mantiene la suficiencia en sangre para transfusión, pero no dispone del plasma necesario para cubrir la demanda de inmunoglobulinas. Un debate de Funcas puso el foco en los incentivos, la donación altruista y la dependencia exterior.
¿Cómo asegurar la disponibilidad de sangre, plasma, tejidos y órganos cuando su obtención depende esencialmente de la voluntad de donar y, al mismo tiempo, la demanda sanitaria continúa creciendo? Esa tensión entre necesidades terapéuticas, altruismo e incentivos centró el primer webinario del curso 2026-2027 de Economía y Políticas de Salud de Funcas, dedicado a analizar los determinantes de la donación de sustancias de origen humano y las posibles fórmulas para mejorar su disponibilidad.
La sesión, presentada por Félix Lobo, profesor emérito de la Universidad Carlos III de Madrid y director de Economía y Políticas de Salud de Funcas, reunió como ponente principal a María Errea, economista de la salud e investigadora independiente, y como comentarista a Andreu Mas-Colell, profesor emérito de la Universidad Pompeu Fabra y presidente del Banco de Sangre y Tejidos de Cataluña. El debate abordó desde las motivaciones individuales del donante hasta las diferencias territoriales, el diseño de campañas o los límites de los incentivos económicos. Pero uno de los problemas más concretos apareció alrededor del plasma y de los medicamentos que se obtienen a partir de él.
Mas-Colell situó precisamente ahí uno de los principales desafíos actuales. Recordó que el plasma constituye la materia prima para producir inmunoglobulinas y otros medicamentos, algunos de ellos imprescindibles para pacientes que dependen de forma vital de su disponibilidad. Parte del plasma puede obtenerse a partir de las donaciones convencionales de sangre, pero ese volumen resulta insuficiente para cubrir todas las necesidades.
“Somos deficitarios en plasma”, resumió. España puede enviar a fraccionamiento el plasma procedente de sus donaciones voluntarias, pero no consigue que todas las inmunoglobulinas y demás medicamentos derivados consumidos procedan de esa materia prima. De ahí surge, a su juicio, una contradicción relevante: “Estamos filosóficamente opuestos al pago por donación, pero recurrimos al pago por donación en otros países”, ya que parte de los productos adquiridos procede de plasma obtenido en sistemas que sí remuneran al donante.
Sangre suficiente, plasma no
La intervención de Lidia Blanco, hematóloga, expresidenta de la Sociedad Española de Transfusión Sanguínea y Terapia Celular y antigua responsable de los centros de transfusión de Madrid y Castilla y León, presente en el público, permitió precisar la dimensión del problema.
Blanco recordó que España es autosuficiente en sangre y componentes sanguíneos destinados a transfusión desde finales de los años noventa. La situación cambia con el plasma. Según explicó, existe suficiente materia prima para cubrir las necesidades de albúmina y factor VIII, pero no para producir todas las inmunoglobulinas necesarias. Tomó como referencia Castilla y León, que durante su etapa de gestión se encontraba entre las comunidades con mayor volumen de plasma enviado a la industria fraccionadora. Allí se alcanzaban unos 12 litros por mil habitantes, frente a los aproximadamente 18 o 20 que consideró necesarios.
Con esos niveles, el porcentaje de inmunoglobulinas cubierto con plasma propio se situaba alrededor del 55 por ciento y no alcanzaba el 60 por ciento. “Hay un déficit claro”, afirmó. El abastecimiento debe completarse así con medicamentos elaborados a partir de plasma obtenido fundamentalmente en Estados Unidos y otros países donde existen esquemas de donación remunerada.
Blanco apuntó también una explicación organizativa. Durante años, desarrollar la plasmaféresis requería inversión en equipos y profesionales desde las estructuras responsables de la asistencia y de los centros de transfusión, mientras que el beneficio presupuestario de disponer posteriormente de medicamentos derivados aparecía en otra parte del sistema, vinculada al gasto farmacéutico. Esa separación reducía los incentivos internos para invertir.
La tendencia, no obstante, empezó a cambiar. Blanco destacó el desarrollo reciente de campañas específicas, nuevos programas en comunidades como Madrid, el impulso de Cataluña y la utilización de fondos europeos. Citó además un incremento de la donación de plasma próximo al 18 por ciento en el último año disponible.
Mas-Colell añadió un problema de percepción. “La gente no sabe lo que es el plasma”, afirmó. Incluso planteó que quizá fuera necesario reconsiderar la forma de denominar y comunicar esta donación para asociarla mejor con la sangre, un concepto mucho más reconocible. La necesidad es particularmente relevante porque, mientras la demanda transfusional está controlada, “las inmunoglobulinas se necesitan más y más”.
Qué mueve a donar
El problema del plasma fue solo una expresión concreta de una cuestión más amplia planteada por María Errea. Su exposición trató de explicar por qué una persona decide donar y hasta qué punto es posible modificar esa decisión mediante incentivos sin destruir precisamente las motivaciones altruistas que sostienen el sistema.
Errea defendió que la donación de sangre y la de órganos deben analizarse de forma diferente. El coste que asume el donante no es comparable. Donar sangre puede implicar dedicar parte del tiempo y desplazarse hasta un punto de extracción. Ceder un riñón o parte del hígado en vida supone, por el contrario, asumir consecuencias personales y sanitarias mucho mayores. Por eso, explicó, no resulta adecuado utilizar un único modelo de comportamiento para ambos casos.
En los dos aparecen, sin embargo, elementos comunes. Uno es el altruismo, entendido como el bienestar derivado de saber que otra persona estará mejor gracias a la donación. Otro es el denominado warm glow, la satisfacción personal o el orgullo que genera haber realizado una acción beneficiosa. Ambos pueden compensar el componente más individual de la decisión y favorecer que una persona se convierta en donante.
El problema aparece al introducir incentivos. Errea recordó que determinada evidencia económica apunta a que algunos estímulos pueden reducir la motivación intrínseca y desplazar el altruismo. El resultado puede llegar a ser el contrario del buscado. No todo incentivo aumenta necesariamente la disposición a donar.
Sus propios trabajos exploraron distintas posibilidades, desde deducciones fiscales y dinero hasta reconocimientos sociales, información adicional sobre las analíticas o conocimiento sobre el destino y utilidad de la donación. Los resultados que presentó mostraban una menor aceptación de los incentivos económicos y una mejor respuesta ante fórmulas relacionadas con el reconocimiento o la información.
Un ejemplo especialmente gráfico fue el denominado “efecto medalla”. En Navarra, explicó, los donantes reciben distintos reconocimientos al alcanzar determinados números de donaciones. Sus investigaciones detectaron que, cuando algunas personas se acercaban a esos umbrales, aumentaban la frecuencia con la que acudían a donar. El incentivo no era económico, sino el reconocimiento asociado a una conducta mantenida durante años.
Campañas más precisas
Errea planteó además que el reto no consiste simplemente en obtener “más” donaciones. Oferta y demanda deben analizarse conjuntamente y las estrategias tendrían que adaptarse a las características de cada población.
Las diferencias observadas entre comunidades autónomas pueden estar relacionadas con factores demográficos, institucionales o culturales. Una población más envejecida, por ejemplo, limita el número potencial de donantes y obliga a diseñar campañas diferentes. También importan la dispersión geográfica, los desplazamientos o la capacidad de acercar las unidades móviles a colectivos como los estudiantes universitarios.
La investigadora citó el caso de Francia, donde explicó que las campañas permiten identificar grupos concretos en los que aparece escasez y orientar hacia ellos las acciones de captación. Esa mayor segmentación puede ayudar a aproximar mejor la oferta a las necesidades reales.
También consideró necesario mejorar el conocimiento sobre la demanda. El número de donaciones por habitante aporta información, pero no explica por sí solo si las necesidades están cubiertas, qué población es elegible para donar o cuánto tiempo esperan los pacientes que necesitan un trasplante. Durante el coloquio reconoció que profundizar en esos datos permitiría diseñar mejor las políticas y evaluar con mayor precisión dónde existe realmente una insuficiencia.
La fidelización completa esa estrategia. Blanco destacó que el principal incentivo para que un donante vuelva puede ser simplemente el trato recibido durante la extracción. Conocerle, recordar anteriores visitas, prestar atención a posibles efectos adversos o interesarse después por su evolución son elementos que pueden mantener el vínculo con el sistema. Errea coincidió en que el objetivo no debe ser acumular donaciones sin criterio, sino obtener lo necesario y conseguir que quienes realizan ese gesto altruista continúen haciéndolo en el tiempo.
El plasma concentra hoy buena parte de ese reto. España dispone de sangre suficiente para transfusión, pero necesita aumentar una modalidad de donación menos conocida, que requiere estrategias específicas y una mayor repetición. El desafío, como planteó Mas-Colell, será conseguirlo sin abandonar un modelo basado en la donación voluntaria y no remunerada y reducir, al mismo tiempo, la dependencia de medicamentos derivados de plasma obtenido bajo esquemas distintos.

Lilisbeth Perestelo: