Opinión

El medicamento ya es política industrial y debe llegar a ser política de país

Artículo de opinión de José María López Alemany, director de Diariofarma, sobre la necesidad de situar el medicamento en el centro de la agenda industrial y estratégica de España y de Europa, en un contexto en el que Francia y Alemania ya impulsan la soberanía farmacéutica comunitaria.

Durante demasiado tiempo hemos hablado del medicamento casi exclusivamente como una cuestión sanitaria y de gasto. Y, por supuesto, lo es. El medicamento cura, cronifica, previene, evita ingresos, mejora la calidad de vida y, en muchas ocasiones, salva vidas, habiendo sido el protagonista de gran parte de la mejoría en esperanza de vida en el mundo desarrollado en los últimos años; también tiene un impacto importante en las cuentas sanitarias, por supuesto. Pero quedarse ahí es mirar solo una parte de la realidad. El medicamento es también industria, ciencia, empleo cualificado, inversión, exportación, autonomía estratégica y capacidad de país. Aspectos todos ellos igual de importantes, y en algunas circunstancias, imprescindibles para que los fármacos puedan llegar a ejercer su labor en la salud de las personas.

Europa empieza a reconocerlo con claridad. Y España también. La diferencia entre reconocerlo y actuar en consecuencia será, probablemente, una de las claves de la política farmacéutica de los próximos años. Ya se están dando pasos, pero se debe avanzar desde la retórica a la ejecución.

La reciente posición conjunta de Francia y Alemania en favor de una agenda europea de soberanía farmacéutica no debería leerse como una declaración más. No solo porque sean dos grandes potencias industriales, también en el ámbito farmacéutico, sino porque suelen marcar el tono de los debates europeos. Y en esta ocasión el mensaje es nítido en el sentido de que la Unión Europea no puede depender en exceso de terceros países para investigar, fabricar y garantizar el acceso a medicamentos esenciales e innovadores.

La pandemia ya nos dejó una lección suficientemente dura. Sin capacidades propias, la autonomía en materia farmacéutica se convierte en un concepto frágil. Sin producción, sin cadenas de suministro robustas, sin capacidad investigadora, sin ensayos clínicos, sin propiedad intelectual y sin un entorno atractivo para la inversión, Europa podrá tener discursos ambiciosos, pero no tendrá soberanía farmacéutica real.

Ese es el punto central. La autonomía estratégica no se proclama; se construye con decisiones industriales, regulatorias, fiscales, presupuestarias y administrativas. Se construye creando confianza con el sector y actuando en colaboración con él.

España también ha dado pasos relevantes en esa dirección. La Estrategia de la Industria Farmacéutica supuso un reconocimiento político importante de que el medicamento no pertenece solo al ámbito de Sanidad, sino también al de Industria, Ciencia, Economía, Hacienda y Presidencia del Gobierno. El hecho de que se haya abierto un espacio de diálogo entre el sector, cinco ministerios y la propia Presidencia no es menor. Indica que, al menos en el diagnóstico, se ha entendido que la industria farmacéutica es un activo estratégico para el país. Pero hay que formalizar todo lo que en ese documento aparecía como una hoja de ruta legislativa y no legislativa. Poco a poco, con paso firme, pero sin pausa.

También es relevante el trabajo que se está realizando desde la Oficina Económica de Presidencia en torno al Comité de Inversiones Estratégicas y los futuros Proyectos Estratégicos de Inversión. Si estos instrumentos se diseñan bien, pueden convertirse en una palanca decisiva para atraer y consolidar inversiones industriales de alto valor añadido. Y pocas actividades encajan mejor en esa definición que la farmacéutica. El sector está llamado también a contribuir en el diseño de los requisitos específicos de las inversiones estratégicas farmacéuticas.

Porque invertir en medicamentos no es como invertir en otros sectores de retorno rápido. La industria farmacéutica opera con horizontes largos, incertidumbre científica, riesgo elevado y beneficios diferidos. Un proyecto de I+D puede fracasar después de años de trabajo. Una planta industrial requiere inversiones millonarias, aprobaciones, controles y mucho tiempo antes de producir resultados. Una plataforma de terapias avanzadas necesita talento, regulación, estabilidad, hospitales, datos, tecnología y visión de largo plazo. Quien quiera atraer este tipo de inversiones no puede ofrecer incertidumbre como carta de presentación.

Ahí está el gran reto para España. No basta con tener una estrategia y con identificar al sector como prioritario. No basta con decir que queremos ser un hub europeo de investigación, producción o innovación farmacéutica. Todos los países lo quieren. Por eso, solo quererlo no es suficiente ya que la política industrial se mide por su capacidad de ejecución.

Y ejecutar significa varias cosas. Significa reducir tiempos administrativos; significa ofrecer seguridad jurídica; significa coordinar a las administraciones; significa entender que la política de precios y financiación también influye en las decisiones de inversión; significa avanzar en plazos de acceso, como viene certificando el WAIT, pero hay que hacerlo aún más rápido y menos restrictivo; significa valorar la seguridad de suministro, no solo el precio más bajo y significa reconocer que la resiliencia tiene un coste, pero que la dependencia también lo tiene.

Europa está entrando en una nueva fase. La Critical Medicines Act, la reforma de la legislación farmacéutica europea, la futura Biotech Act, el debate sobre la competitividad industrial e incluso las exigencias ambientales van a redefinir el marco en el que competirán las compañías y los Estados. En ese contexto, Francia y Alemania han decidido moverse de forma coordinada. España no puede quedarse mirando.

Nuestro país tiene activos indudables. Cuenta con un sistema sanitario capaz de protagonizar el conocimiento clínico, hospitales de referencia, profesionales cualificados, una posición destacada en ensayos clínicos, tejido industrial farmacéutico, compañías nacionales relevantes y presencia de multinacionales con capacidad inversora. Pero los activos se pueden reforzar o se pueden perder.

La competencia por atraer inversión farmacéutica será cada vez más intensa. Estados Unidos ofrece escala, capital y rapidez y en los últimos tiempos exige inversiones y mejores precios a la industria, mientras que China avanza con una ambición creciente y abrumadora. Otros países europeos se están moviendo con claridad. España debe decidir si quiere ser un actor relevante o un territorio secundario. Y esa decisión no se tomará en los discursos, sino en los presupuestos, en las normativas, en los procedimientos, en los incentivos y en la estabilidad de las reglas.

Conviene además evitar una falsa dicotomía. Defender una política industrial farmacéutica no significa renunciar a la sostenibilidad del sistema sanitario. Al contrario. Un país que fortalece su base investigadora e industrial puede mejorar su capacidad de acceso, generar empleo cualificado, atraer innovación y reducir vulnerabilidades. La cuestión no es elegir entre salud y economía. La cuestión es entender que, en el medicamento, salud y economía están profundamente conectadas.

Tampoco se trata de conceder cheques en blanco al sector. La industria farmacéutica debe responder a exigencias de transparencia, valor terapéutico, responsabilidad social, cumplimiento regulatorio y compromiso con los pacientes. Pero la administración, por su parte, debe ofrecer un entorno previsible, ágil y coherente.

Creo que España empezó a formular bien la pregunta. Ahora debe construir la respuesta. La Estrategia de la Industria Farmacéutica, Profarma, el Comité de Inversiones Estratégicas y los Proyectos Estratégicos de Inversión pueden ser herramientas poderosas, siempre que no se conviertan en una nueva capa burocrática más allá de entorno de diálogo que todas las partes ya reconocen. Deben servir para acelerar, priorizar y ejecutar.

La oportunidad existe. Pero también existe el riesgo de llegar tarde. Si Francia y Alemania avanzan juntas, España debe buscar su espacio, sus alianzas y su propuesta de valor. No desde el complejo, sino desde la ambición. Tenemos capacidades para estar en la primera división farmacéutica europea. Lo que falta es convertir esa capacidad en una política de Estado sostenida.

El medicamento ya es mucho más que un producto sanitario. Es una pieza de soberanía, de competitividad y de futuro. Europa lo ha entendido. España parece haberlo entendido también. Ahora toca demostrarlo. Porque en la nueva carrera farmacéutica europea, no avanzar es otra forma de retroceder.


José María López Alemany es director de Diariofarma.

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